
En Febrero cumplió años Madame. Le regalé "Cartas a Theo" de Van Gogh. En las primeras páginas escribí una dedicatoria que transcribo así:
Pocas empresas se me antojan tan fatigosas, tan enrevesadas como la de regalar un libro. Intentos pretéritos resultaron en un cómodo pero impertinente incremento en mi biblioteca (tristemente ayuna de libros leídos) y en mi fatuidad. Ocurre que, predispuesto a la adquisición del presente de cumpleaños, ya en la librería y motivado por la premisa de elegir no cualquier pasquín sino sólo aquel volumen que me pluguiera, por fin me decido y sucumbo al deleite burgués de comprarlo; pero sin prestar atención a la siguiente verdad: puedo resistirme a todo, excepto a la tentación… y en particular me resulta imposible resistirme a la de desprenderme de un libro bueno. Mezquindades tales me hace acreedor de la mayor deuda de regalos de cumpleaños del hemisferio Sur.
Regalar libros que ya he leído parecería ser la única alternativa restante. Pero es poco robusta, puesto que de ninguna forma me desprendería de un ejemplar mío y que además siento una injustificada aversión por la idea de comprar un libro idéntico a otro que descanse en mis estantes. Cabe una última consideración: no es vacía la intersección entre el conjunto de libros que ya he leído y el de los que no yacen en mi biblioteca. Sea como fuere, esta tampoco es una opción aceptable, pues también me apropio de ellos (merced evidentemente a la más prosaica y elemental obsesión de biyectividad).
Este libro glosa la correspondencia de Van Gogh con su hermano y en ella se encierra su esencia (no la suya, Madame, sino la de Vincent) y también una confesión de estética y la locura. No lo he leído (aunque sí lo hojeé), pero me lo recomendaron fuentes confiables; y yo la convido y me desprendo de él quizá con la tranquilidad hija de la certeza de la conveniencia de regalar un libro deseado a alguien querido. O un libro querido a alguien deseado.
Joel
10/II/2008
