Hoy -y merced a la metonimia que ven aquí arriba- descubrí que conservar un registro fotográfico de nuestros periplos no es del todo una nimiedad, no constituye la exacerbación de lo cotidiano ni la exaltación de lo somero; que a decir verdad no es para nada fútil.
Evitar la melancolía ulterior omitiendo lo que ha sido no es recompensa bastante por abolir el pasado: no reincidiremos ya en tan evidente juventud, no volveremos a ser amados por las mismas damas a quienes les negamos aquellas fotos. Nuestros reflejos son ahora menos amigables, sí, pero descubrimos que después de todo no éramos tan feos, ni tan gordos, ni tan desdichados, ni nuestros nombres estaban anotados en los padrones de las personas menos fotogénicas del mundo. Pocas cosas valen más que la juventud, no olvidemos la prerrogativa de disfrutarla.
El género biográfico es necesariamente triste y no tomarse fotos es una idiotez imperdonable, además de un engaño pueril.
A los 24 afirmo con superlativa vergüenza que no conservo foto alguna con mis novias pretéritas, que mi adolescencia se restringe a convenientes imprecisiones del olvido, que los ecos de mi pasado reverberan únicamente en mí, que poco puedo compartir, que la memoria me engaña y que eso me apena mucho.
Evitar la melancolía ulterior omitiendo lo que ha sido no es recompensa bastante por abolir el pasado: no reincidiremos ya en tan evidente juventud, no volveremos a ser amados por las mismas damas a quienes les negamos aquellas fotos. Nuestros reflejos son ahora menos amigables, sí, pero descubrimos que después de todo no éramos tan feos, ni tan gordos, ni tan desdichados, ni nuestros nombres estaban anotados en los padrones de las personas menos fotogénicas del mundo. Pocas cosas valen más que la juventud, no olvidemos la prerrogativa de disfrutarla.
El género biográfico es necesariamente triste y no tomarse fotos es una idiotez imperdonable, además de un engaño pueril.
A los 24 afirmo con superlativa vergüenza que no conservo foto alguna con mis novias pretéritas, que mi adolescencia se restringe a convenientes imprecisiones del olvido, que los ecos de mi pasado reverberan únicamente en mí, que poco puedo compartir, que la memoria me engaña y que eso me apena mucho.
Todos lo admitimos: bien verdad es que la historia no comenzó con Shih Huang Ti.
