sábado, marzo 31, 2007

La Envidia. Esa Muerte Pequeña.

[Nota: el artículo que sigue lo copié de aquí]

por Carolina Aguirre
ilustración: viktoryranma

La envidia corroe por dentro como el ácido de baterías. Condenado socialmente, el envidioso no puede dejar al descubierto sus sentimientos y sólo le quedan dos finales posibles: imitar o destruir ese oscuro objeto de deseo.De todos los pecados, la envidia es el de peor reputación. La lujuria, por ejemplo, despierta simpatías masivas entre jóvenes y maridos aburridos. La gula es grotesca y visible, y emerge en los asados y restaurantes de tenedor libre. La ira comporta un problema menor, un vicio de carácter. La avaricia es una bajeza, pero las mezquinas proezas en nombre del ahorro están a la orden del día: ¿quién no tiene un amigo que una y otra vez cae a cenar con las manos vacías? La pereza y la soberbia son deslices cotidianos, y los honramos cuando llegamos tarde al trabajo por remolonear en la cama o al opinar sin conocer del tema. Para la mayoría de la gente, en cambio, la envidia es otra cosa. Para casi todos, la envidia es una enfermedad del alma, la corrosión de todo lo noble y tierno en el ser humano. Es posible y hasta ordinario que alguien declare que es demasiado vago para empezar el gimnasio, o “calentón” e irascible con los mozos que se equivocan. Es posible que confiese su adicción a los dulces y revele que es “gordo de alma”, también que admita su arrogancia e incluso su tacañería; pero jamás en la vida, en ningún caso, se escuchará la confesión de un envidioso. Tan grave es su estigma social. No es descabellado sugerir que la Iglesia católica ha sido el principal motor detrás de la campaña de difamación contra la envidia; basta con recordar que su sexto mandamiento pregona que desear intensamente lo ajeno es propio de gente ruin. Sin embargo, aunque la Iglesia pudo tener su parte, la envidia no es mala sólo porque tenga mala fama, hay algo malo en la envidia en sí. Cuando envidio a otro -de manera más o menos rotunda- me estoy negando a mí mismo. La envida tiene mala fama porque es un suicidio del íntimo yo. Este fracaso de no ser el otro, trae consigo un dolor inmenso. Julio César tenía veinticinco años cuando al pasar al lado de una estatua de Alejandro Magno lloró amargamente, porque pensó que a esa misma edad, Alejandro ya había conquistado la mitad del mundo y él aún no había hecho nada. Tan poderoso es el ardor envidioso, que sólo existen dos alternativas: imitar o destruir. O nos transformamos en el objeto de deseo, o lo volvemos indeseable; podemos intentar ser la más linda o pisar a una más linda con el auto. Para quienes imitan, queda siempre la esperanza de conseguir el objeto o la cualidad deseada. A través de esa mirada envidiosa pueden intentar, al menos, parecerse al imán de su codicia, y en el caso de los más tenaces, incluso pueden superarlo. Como Julio César, quien a los 48 años conquistó las Galias y fue emperador de Roma. En cambio, para quienes son incapaces de hacer ese esfuerzo, sólo queda una posibilidad: la aniquilación del objeto o la virtud envidiada. Si no es suyo, que no sea de nadie más.






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7 míseros comentarios:

Matías dijo...

Me sorprende que no hayas recalcado que "tan poderoso es el ardor envidioso" es una cacofonía.
Fuera de eso, es muy interesante.
¿Mencioné que odio que tu fucking blog cambie mi nombre por una mera palabra sin sentido al quitarle la tan merecida mayúscula?

obucnÌ dijo...

Lo decís de envidioso.

Matías dijo...

Claro que es envidia. Y lo admito orgulloso sólo para abochornar a Carolina Aguirre: "(...)pero jamás en la vida, en ningún caso, se escuchará la confesión de un envidioso." Ja.

obucnÌ dijo...

Touché.

Mefist dijo...

creo que el noveno mandamiento es no codiciar bienes ajenos...
La envidia hace descender a lo más bajo al ser humano, imitador, carente de móviles propios, encuentra en otro, al que obviamente no admira sanamente, la cualidad de la que no fue dotado o a la que sus pocas luces o falta de voluntad le niegan el acceso.
De cualquier forma son personas que sufren toda su vida, y se ganan el desprecio de los demás facilmente.
Un envidioso es facilmente reconocible, más fácil habría que pintarlo de verde(asi como mandragora era bordo..para mi al envidia es verde)
Es cierto, nunca podrían admitirlo, porque ansían ser otro o tener lo de otro con un odio asqueroso.
Me hace acordar al libro de Miguel Unamuno,Abel Sanchez...(en ese libro, Abel es un hsp para mi mientars que Joaquín(el envidioso, el Caín) es a quien mas rescato.
Abel le pasa por la cara sus triunfos, asiq ue no es ningún angel.
Me fui de tema. Interesante blog.

Leopoldo dijo...

La envidía como la muerte en el seno interno del propio yo... ¡Ahora comprendo por qué me despierta tanta ira! Erradiquemos la envidia y con ella a sus causas.
El texto expone muy bien la idea de que la envidia es un momento de crisis. Me gustó mucho.
Y por cierto, ¿cuál es el problema con las cacofonías? Creo que tienen mala prensa.

Bestiaria dijo...

matías:

no me abochorna, descuide. Un par de cacofonías se le pasan a cualquiera.

he puesto "la insistencia de su violencia" o algo así hace poco. Imagine usted cuánto peor!